Empatía, orgullo e Irene Villa

De todas las capacidades emocionales del ser humano, la empatía ha sido históricamente una de las más valoradas y, durante las últimas décadas, de las más estudiadas, poniéndola como una virtud relevante y necesaria para un completo desarrollo vital. Tanto es así, que ha llegado a formar parte del lenguaje coloquial, incorporándose en nuestras narrativas sobre nuestro día a día, sirviendo incluso como advertencia o agravante con el que amonestar a cualquiera que percibimos como “poco empáticos”. Sin embargo, en algunas ocasiones, es fácil llegar a situaciones de confusión, donde bajo la nobleza de una supuesta empatía podemos llegar a cometer acciones incluso opuestas a aquello que, virtuosamente, creemos defender.

¿Qué es la empatía?

La empatía concierne un conjunto de habilidades emocionales destinadas a reconocer, comprender, y responder a estados emocionales ajenos. En este sentido, podría dividirse en dos partes. Por un lado estaría la empatía cognitiva, consistente en la capacidad para reconocer cognitivamente los estados emocionales de otras personas, es decir, entender a nivel racional cómo se siente otra persona; y por otro la empatía afectiva, esto es, la capacidad para sentir y responder afectivamente a estados emocionales ajenos. En este sentido, la empatía estaría considerada como la base del comportamiento prosocial, y su desarrollo estaría asociado a nuestra propia capacidad para percibir y reconocer nuestras propias emociones. En base a ella somo capaces de preocuparnos por los demás, de ponernos en su lugar y de brindarles compasión y ayuda. 

“Se define la empatía como la capacidad de la persona para dar
respuesta a los demás teniendo en cuenta tanto los aspectos cognitivos como afectivos, y destacando la importancia de la capacidad de la persona para discriminar entre el propio yo y el de los demás1

¿Y por qué es importante todo esto?

Como hemos dicho, la empatía ha llegado a formar parte del vocabulario coloquial, haciendo que muchos podamos hablar de ella sin llegar a comprender realmente en qué consiste. Esta situación puede dar lugar a una situación compleja, en al que la empatía mal entendida puede llevarnos a equívocos, haciendo que acciones supuestamente positivas acaben siendo problemáticas. Así, una empatía mal gestionada puede ponernos en la tesitura de “sentir” que “estamos obligados a resolver todos los problemas de los demás”. Ésto es algo que habitualmente vemos en consulta, problemas de regulación emocional basados en un cuidado excesivo, cargándonos con situaciones ajenas de las que no somos responsables, y poniéndolas por encima de nuestro propio bienestar. Aquí, una empatía mal gestionada estaría poniendo nuestros propios problemas en segundo plano. 

También podría pasar que un error de concepto nos llevara a realizar acciones en base supuestamente a un ejercicio de empatía, cuando realmente no es tal. Esto es algo que suele ocurrir comúnmente en los caso de ofensas por algún tipo de actuación que, mal entendida, puede parecer una burla o un ataque cuando realmente no lo es. Los ejemplos más claros  de esta situación suelen darse en el campo de al comedia, en concreto, en el campo del humor negro. Dentro de ese campo, uno de los ejemplos más conocidos quizás sea el de Irene Villa.

Ofensa y humor negro

Para quien no la conozca, Irene Villa es una periodista, escritora y psicóloga que sufrió un atentado a manos de ETA, en el que perdió ambas piernas. Tras un tiempo, Irene se convirtió en objeto de chistes y chascarrillos relacionados con este evento. Tras eso, ha habido un sector de la población que se ha sentido ofendida con esos chistes, aún sin que esos chistes estuvieran relacionados con ellos mismos (se da una ofensa cuando una persona se siente despreciada o humillada mediante palabras u acciones). Sin embargo, estas personas defendían (o defienden) estar haciendo un ejercicio de empatía con Irene, la cual consideran que está siendo humillada, con lo que emprenden acciones contra quienes hicieran dichas bromas, atacando, insultando o incluso prohibiendo que pudieran hacerse dichos chistes. Lo importante del caso es que, en toda esta polémica, la propia Irene Villa dijo que no le importaba que se hicieran esos chistes, incluso que muchos de ellos le hacen gracia. 

“Se define el orgullo como una emoción autoconsciente que surge como consecuencia de una percepción de enaltecimiento del yo2

Aquí surge la cuestión: ¿cómo puedes empatizar con el sufrimiento de una persona que no está sufriendo? Efectivamente, no puedes. Obviamente, el ejercicio de ataque y prohibición llevado a cabo en este caso no es un ejercicio de empatía. Lo que guía la conducta de prohibición y ataque no es la compasión por un ser que sufre, sino la defensa de una idea personal que consideramos como legítima: yo considero que no se pueden hacer este tipo de chistes, yo me enfado por ello, y yo intento obligarte a que dejes de hacerlo. Lo que mueve mi acción no es un ejercicio de empatía y compasión hacia una persona que sufre, aquí ni siquiera importa lo que la propia afectada pueda pensar o sentir (ya dijo que no le importaba, incluso se reía), sino que podría ser más bien una muestra de orgullo propio. El ejercicio hecho aquí es un ejercicio violento, que nace no desde una compasión, sino desde la ira, y que pretende no ayudar a quien sufre, sino imponer mi forma de ver el mundo al resto. Yo pienso que esto está mal, y me ofende que lo hagas, no porque hagas sufrir a alguien, sino porque yo pienso que está mal.  

Hacia una mayor comprensión emocional

Llegados a este punto, no pretendo sentar cátedra, ni dar a entender que el orgullo tenga que ser en sí mismo una emoción a evitar. La idoneidad de una expresión emocional dependerá no sólo de qué la motive, sino también de cuáles sean sus consecuencias. Por ejemplo, se ha visto cómo el orgullo puede tener consecuencias positivas cuando viene motivado por una conducta socialmente deseable3, también de cómo se puede incluso llegar a debatir acerca de un egoísmo sano, o de un altruismo pernicioso4. Lo importante aquí es entender que, en lo que a la comprensión emocional se refiere y a las reacciones que genera, tenemos que ser especialmente cuidadosos con nosotros mismos, tenemos que ser capaces de darnos un tiempo, de pararnos a pensar, a sentir, desde donde nace mi acción, desde donde nace lo que siento, y hacia donde me lleva. Es así como podremos llegar a ver si aquello que nos mueve es realmente empatía, compasión y amor al prójimo, de observar si lo que estoy haciendo, lo que me motiva, va encaminado a mejorar el mundo en el que vivo, o a mí mismo. 

Pablo Robles – Psicólogo

Referencias bibliográficas:

Garaigordobil, M., & De Galdeano, P. G. (2006). Empatía en niños de 10 a 12 años. Psicothema18(2), 180-186.

Etxebarria, I. (2003). Las emociones autoconscientes: culpa, vergüenza y orgullo. EG Fernández-Abascal, MP Jiménez y MD Martín (Coor.). Motivación y emoción. La adaptación humana, 369-393.

Etxebarria, I., Ortiz, M. J., Apodaca, P., Pascual, A., & Conejero, S. (2015). Pride as moral motive: moral pride and prosocial behaviour/El orgullo como motivación moral: orgullo moral y conducta prosocial. Infancia y Aprendizaje38(4), 746-774.

Kaufman, S. B., & Jauk, E. (2020). Healthy Selfishness and Pathological Altruism: Measuring Two Paradoxical Forms of Selfishness. Frontiers in Psychology11, 1006.

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