Llegados a este punto, ya tenemos una idea general de cómo funciona la ansiedad, en qué consiste y cómo se desarrolla. También hemos realizado una primera aproximación a las principales técnicas y estrategias para aprender a regularla, tanto de manejo de la respiración como estrategias de control atencional. Una vez aquí, es importante tener en cuenta dos cuestiones principales, que influirán en la forma y desarrollo tanto del proceso ansioso como de mi propia capacidad de regulación
¿Qué pienso?
Como todo, la forma en la que interpretemos una situación va a tener una influencia sobre la ansiedad que ésta provoca. Eso no quiere decir que lo único importante sea qué pienso yo sobre la situación, o que podamos controlar al 100% la ansiedad que nos provoca una situación cambiando lo que pensamos sobre ella. Eso no es así, y habrá situaciones en las que sea normal que tengamos cierto nivel de ansiedad, como por ejemplo, un accidente de tráfico. Sin embargo, ello no implica que la influencia de nuestras interpretaciones sea nula, y que no pueda ser útil el pararnos a razonar si realmente la ansiedad que siento está justificada.
En este punto, es importante ser cauteloso, ya que nuestra capacidad de razonamiento sobre situaciones emocionales va a estar mediada tanto como por la propia emoción, como por mis creencias inconscientes preestablecidas hacia la situación. En este sentido, es probable que para poder indagar y explorar correctamente esas creencias se haga necesario un trabajo terapéutico. De esta manera, poder trabajar aquellas creencias que nos predisponen al pensamiento catastrofista, por ejemplo, será de utilidad a la hora de aprender a vivir y regular la ansiedad que dichas situaciones suscitan.
¿Qué hago?
Para poder trabajar a nivel terapéutico sobre la ansiedad no es importante sólo el saber cómo empezó a darse, sino también tener en cuenta qué factores la mantienen actualmente. Muchos de los aspectos sintomáticos que son consecuencia de la ansiedad, como las estrategias de evitación, consumo, etc., son precisamente los que ayudan a mantener el cuadro ansioso, evitando que la ansiedad se regule de una manera correcta y manteniendo la importancia relativa de los propios síntomas. En este sentido, debemos entender que la ansiedad se dará siempre en un contexto y, como tal, el que nosotros podamos movernos y regular nuestra ansiedad, no implica que sea exclusivamente una causa personal. No tiene sentido que haya culpa. La ansiedad es una respuesta fisiológica normal del organismo, y del mismo modo que puede manifestarse por pensamientos o agravarse por cómo interpreto la situación, no deja de estar influida directamente por el contexto y el entorno en el que me muevo. De esta manera, muchas veces es el propio entorno el que, por sus características particulares, dispara mi respuesta ansiosa. A nadie en su sano juicio se le ocurriría decir, por ejemplo, que ante una situación de crisis mundial y confinamiento nuestra ansiedad es exclusivamente interna y no se ve afectada por la situación. Así, no tiene sentido que nos culpemos, sino que podemos aprender cómo funciona y hacer lo que esté en nuestra mano para regularla. De la misma manera, podemos encontrarnos con situaciones que escapen a nuestro control, y en las que tengamos que buscar ayuda profesional para poder hacerle frente. Por supuesto, tampoco hay ningún problema en ello, ya que ni podemos ni estamos obligados a saber responder eficientemente a todas las situaciones que se presenten. Debemos entender el pedir ayuda como algo natural, consecuencia de saber que somos humanos, aceptando que no tenemos por qué saber resolverlo todo. Saber pedir ayuda, en tanto que aceptamos nuestra condición humana, está mucho más cercano a ser una fortaleza que una debilidad*.
*Nota: Sobre Fortalezas y Debilidades.
El comentario sobre el pedir ayuda como una fortaleza es necesario, y viene de la necesidad de hacernos cargo de nuestras propias limitaciones. La idea de que tenemos que ser capaces de resolverlo todo se basa principalmente en una cuestión de ego, casi en un sentido antropocéntrico, de sentirnos superiores, o de necesitar sentirnos superiores, tanto a nivel individual como social. Sin embargo, esa misma idea, en tanto que es vivida con rigidez, nos aleja de los demás, nos individualiza excesivamente, haciendo que perdamos la oportunidad de apoyarnos en nuestros congéneres. Es esa capacidad de aceptar nuestra propia incapacidad la que nos lleva a pedir ayuda, a apoyarnos en los demás y de esta forma, como seres sociales, nos fortalece.





